14 de Diciembre de 2017
Mi 2017.
Hace un año y
dos meses salí de mi casa, cuando me fui, decidí que estaba cansada de estar
estancada en un amor no correspondido, un amor que siempre pudo ser para
cualquiera que se cruzara en su camino que no fuera yo, en un trabajo fluctuante
y en una universidad que más que motivarme me quitaba las ganas de ser
profesional. Estaba cansada de pararme frente al espejo, de no poder verme a
los ojos, de sentir que nada de lo que había alguna vez soñado se cumpliría e
incluso decepcionada de ver hacia atrás y darme cuenta que en 10 años ninguna
de las cosas que me había planteado o propuesto estaba al menos por la mitad.
No lo pensé
dos veces, me vine con dos bolsos, un cuarto de mi ropa, un par de zapatos, mi
computadora y mi ukulele. Fueron las dos horas de viaje que más he llorado en
mi vida, vi a mi papá hacerse pequeñito a medida que me alejaba, se me partió
el corazón, o lo que quedaba de él. Durante el camino pensaba que no tenía idea
de cómo iba a ser mi vida en adelante, sólo estaba convencida que cualquier
cosa iba a ser mejor. Esa noche dormí en el mueble de una amiga, en una ciudad
distinta.
Empecé de
cero, en un ambiente totalmente distinto, donde nadie sabía quién era yo, ni
mucho menos cual era mi historia. Hoy en día no sé exactamente cuál era mi
historia antes de llegar aquí, por mucho tiempo consideré que mi vida estaba
llena de amigos o amistadas, que también por mucho tiempo consideré que no eran
mis amigos como yo creía… Pero actualmente, que trabajo día a día en
transformar todo ese estado de infierno de mi pasado he entendido muchas cosas.
No eran ellos el problema, no era el amor no correspondido, no era el trabajo,
no era la universidad… Era YO, no sabiendo como afrontar las situaciones, era
yo haciendo que mis amigos se enamoraran de las cosas que amaba por como
hablaba de ellas, era yo no valorando a las personas adecuadas y sobre todo era
yo tratando de hacer alquimia en los sitios equivocados.
Esta ciudad me
ha enseñado a ser fuerte, a entender y a aceptar que las cosas terminan, a
quererme a mí misma, a valorar mi estabilidad y a buscar mi felicidad. Mi
revolución humana comenzó cuando entendí que las cosas suceden para que
aprendamos algo, para que transformemos algo, para probar nuestra fe, para que
seamos nosotros mismos los responsables de nuestras vidas y de nuestra
felicidad. Que somos nosotros quienes decidimos si sentarnos a llorar o
pararnos, sacudirnos la tierra y seguir caminando, seguir intentándolo, seguir
luchando.
Vivo en un
lugar que empezó siendo para dos y terminó siendo para mí. Un sitio al que hoy
en día llamo mi hogar, aunque viva sola, poco a poco he ido llenando espacios
vacíos con mis pertenencias, un sitio donde puede faltar todo menos café, donde
la acústica es perfecta para abrir la ventana, ver la lluvia, tocar el ukulele
y cantar hasta que ya nada duela. Que cuando es de noche puedes ver las
estrellas y escuchar la brisa… mi casa.
Mi 2017 aún no
termina, pero debo decir que ha sido bastante productivo, he dejado apegos, he
soltado rencores, he crecido, he olvidado, he aceptado que las cosas son como
son, he re direccionado mis metas, he construido sueños nuevos, he conocido
personas maravillosas que no saben lo feliz que me hacen, me he vuelto
independiente, tolerante, empática, encontré aquí en este año, algo que tenía 4
años buscando… A mí.


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