Haz de luz
La forma en que la veía, desde la distancia, me dio un abreboca para apreciar cada detalle: la pequeñez de su figura, esa fragilidad que parecía esconder una fuerza interior que solo podía imaginar. En sus ojos, encontraba un universo entero, un refugio donde podía perderme sin miedo, donde cada parpadeo era un susurro de promesas no dichas. Hay cosas que vienen con uno, que van desde el infinito pasado y que muchas veces uno no puede explicar… hay momentos donde te dueles tanto por dentro que te niegas a sentirlo por lo absurdo que es. Sin embargo, siempre se cuela un haz de luz que te permite ver entre la oscuridad.
A veces, en la soledad de la noche, me detuve a imaginar
cómo sería tocarla, sentir su piel... La distancia física solo aumentaba mi
deseo, pero también fortalecía mis ganas de verla, esa sensación de que, aunque
separadas por kilómetros, estábamos más cerca que nunca. La inocencia de esa
idea naciente le daba un aire de pureza, como si cada pensamiento, cada
suspiro, fuera un acto de construcción de algo sutil y frágil, que requería
cuidado y paciencia.
A distancia, pensaba… es como una semilla que necesita
paciencia y cuidado para florecer. Cada mensaje, cada palabra compartida, cada
silencio cómodo construyen un puente invisible que une sus almas. Ella sabe que
todo parece incierto, que el futuro puede ser un lienzo en blanco, pero también
sabe que lo que sienten es real, tan real que no puede dejar de soñarlo. La
esperanza de volver a vernos es casi una llama que arde tan fuerte que te lleva
del blanco al rojo en un segundo de cambios de color, las ganas de sentir su
respiración cerca, de recorrernos como un haz de luz genera todas las fuerzas
para seguir adelante, para seguir creyendo en un cariño que, aunque aún en sus
comienzos, tiene la fuerza de un río que no se detiene.
En mis pensamientos, veo en esa ilusión, a esa mujer con su
cabello rojo, con la sonrisa que me enciende el alma, sus ojos marrones, veo la
promesa de cuatro letras que aun no puedo pronunciar, pero se siente sincero.
Cada vez que pienso en ella, se siente un calor que me recorre el pecho, una
mezcla de cariño, deseo y una esperanza que no quisiera abandonar. Porque sabe
que, aunque el camino sea incierto y las dudas quieran nublar nuestra visión,
lo que realmente importa es esa confianza que poco a poco va creciendo, esa
inocencia que se transforma en una certeza silenciosa: que te quiero querer, en
todas sus formas, porque las cuatro letras siempre encuentran la manera de
florecer.
Y así, entre sueños y suspiros, en una espera, con la
esperanza de volver a verla, de besarla y recorrer su cuerpo con la ternura de saber
que la quiero, aunque aún en estos primeros pasos, solo la luz que se cuele por
tu ventana pueda decirte lo que siento.


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