Haz de luz

 

La forma en que la veía, desde la distancia, me dio un abreboca para apreciar cada detalle: la pequeñez de su figura, esa fragilidad que parecía esconder una fuerza interior que solo podía imaginar. En sus ojos, encontraba un universo entero, un refugio donde podía perderme sin miedo, donde cada parpadeo era un susurro de promesas no dichas. Hay cosas que vienen con uno, que van desde el infinito pasado y que muchas veces uno no puede explicar… hay momentos donde te dueles tanto por dentro que te niegas a sentirlo por lo absurdo que es. Sin embargo, siempre se cuela un haz de luz que te permite ver entre la oscuridad.


Desde el primer instante en que sus ojos se cruzaron con mi historia, hubo una pausa. Ella, con su cabello rojo que parecía arder con cada movimiento, y sus ojos marrones que reflejaban una calidez infinita, paralizó mi centro en el instante que bajo las escaleras y se convirtió en realidad todo lo que podía pensar. Una conversación, un vino, un cigarrillo, una pausa, un montón de preguntas, un montón de certezas y en medio de todo, su sonrisa colándose cada instante.

A veces, en la soledad de la noche, me detuve a imaginar cómo sería tocarla, sentir su piel... La distancia física solo aumentaba mi deseo, pero también fortalecía mis ganas de verla, esa sensación de que, aunque separadas por kilómetros, estábamos más cerca que nunca. La inocencia de esa idea naciente le daba un aire de pureza, como si cada pensamiento, cada suspiro, fuera un acto de construcción de algo sutil y frágil, que requería cuidado y paciencia.

A veces, las dudas me invaden como sombras que se deslizan en la penumbra. ¿Será? ¿Será posible que ese cariño que siente desde lejos pueda convertirse en algo más tangible? ¿Será? Pero, en medio de esas incertidumbres, seguí soñando. Soñaba con volver a verla, con perderme en la profundidad de sus ojos y encontrar en ellos la misma sinceridad que sé que ella siente en su corazón. Soñaba con besar sus labios, suaves y cálidos, y recorrer su cuerpo con la delicadeza de quien sabe que ese momento será un acto de confianza mutua, un paso más en ese que no sé a donde nos lleva, pero si va con tu mano sujetando la mía, yo haría dos veces la marcha de sal solo si es a tu lado.

A distancia, pensaba… es como una semilla que necesita paciencia y cuidado para florecer. Cada mensaje, cada palabra compartida, cada silencio cómodo construyen un puente invisible que une sus almas. Ella sabe que todo parece incierto, que el futuro puede ser un lienzo en blanco, pero también sabe que lo que sienten es real, tan real que no puede dejar de soñarlo. La esperanza de volver a vernos es casi una llama que arde tan fuerte que te lleva del blanco al rojo en un segundo de cambios de color, las ganas de sentir su respiración cerca, de recorrernos como un haz de luz genera todas las fuerzas para seguir adelante, para seguir creyendo en un cariño que, aunque aún en sus comienzos, tiene la fuerza de un río que no se detiene.

En mis pensamientos, veo en esa ilusión, a esa mujer con su cabello rojo, con la sonrisa que me enciende el alma, sus ojos marrones, veo la promesa de cuatro letras que aun no puedo pronunciar, pero se siente sincero. Cada vez que pienso en ella, se siente un calor que me recorre el pecho, una mezcla de cariño, deseo y una esperanza que no quisiera abandonar. Porque sabe que, aunque el camino sea incierto y las dudas quieran nublar nuestra visión, lo que realmente importa es esa confianza que poco a poco va creciendo, esa inocencia que se transforma en una certeza silenciosa: que te quiero querer, en todas sus formas, porque las cuatro letras siempre encuentran la manera de florecer.

Y así, entre sueños y suspiros, en una espera, con la esperanza de volver a verla, de besarla y recorrer su cuerpo con la ternura de saber que la quiero, aunque aún en estos primeros pasos, solo la luz que se cuele por tu ventana pueda decirte lo que siento.



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