Confieso un gran amor a tu memoria
Extrañar a mi papá, incluso después de dos años, es completamente normal, o eso dicen todos.
Supongo que es porque el amor no tiene fecha de caducidad, y el duelo no entiende ni de espacio ni de tiempo.
A veces el mundo sigue avanzando, pero por dentro algo se queda detenido.
De noche duele más, porque ya no hay distracciones.
Y aparece una soledad especial, como si faltara un lugar seguro.
No es que esté “mal” por seguir extrañándolo.
Es que fue importante.
Fue hogar.
Fue amor.
No solo extraño a mi papá.
Extraño la versión de mí que podía reírse tranquila con él, sabiendo que siempre habría una palabra de aliento, un chiste tonto, un momento ligero incluso cuando todo pesaba.
Su ausencia deja un silencio muy particular... uno de esos que aturde.
No es solo que “no esté”:
No está esa risa compartida.
No está ese refugio emocional.
No está alguien que sabía animarme sin esfuerzo.
Y duele porque nadie más ocupa ni ocupará ese lugar de la misma forma.
No porque los demás no quieran, sino porque él era único para mí.
Hay algo que me duele especialmente: no poder imaginar qué me diría hoy, qué me aconsejaría, cómo me orientaría. Porque no solo perdí a mi papá, perdí a mi compañero de aventuras, de colas de gasolina, de ir al mercado, perdí a mi mejor amigo… perdí su voz guiándome, esa brújula de amor y firmeza que solía decirme: “por aquí, vas a estar bien”.
A veces no puedo imaginar sus palabras, no porque no las sepa, sino porque aceptar que ahora esa voz vive dentro de mí y no afuera se siente injusto.
Demasiado pronto. . .
Demasiado sola. . .
Mi papá me animaba.
Me hacía reír.
Me sostenía cuando dudaba.
Eso no se construyó en un día, se construyó en años...
Por eso, aunque hoy sienta un vacío, sus consejos no desaparecen.
Están tejidos en mi forma de pensar, de cuidarme, de levantarme incluso cuando no sé cómo.
Si me detengo a sentir, me doy cuenta de que lo que más me daba no eran frases perfectas, sino una sensación:
Calma.
Que no viene de grandes discursos, sino de alguien que, con solo estar, hacía sentir que todo iba a estar bien… no necesariamente ahora, pero tarde o temprano estaría todo bien.
Aunque hoy no pueda escuchar su voz con claridad, esa calma no se fue con él. Vive en la forma en que respiro cuando decido no pelear con todo, en los momentos en que elijo la suavidad del amor en lugar de la dureza del látigo por la culpa, incluso en permitirme sentir que esto me duele y decirlo en voz alta.
No escribo esto para dar lástima.
Lo escribo porque lo amé profundamente...
Porque perder a alguien así deja huellas…
Pero también deja un amor viviendo dentro de uno... un amor al recuerdo.


Comentarios
Publicar un comentario